Ref: Remisión de documento judicial para el caso del dieciocho de junio de 2008 en el Juzgado Tercero Penal
Respetado fiscal:
Por medio del presente oficio pretendo hacerle llegar un documento que ha sido encontrado en la sala de audiencias penales de esta ciudad, donde ocurrieron los fatídicos sucesos que usted investiga y que bien conoce.
Sepa usted, respetado fiscal, que a continuación hemos transcrito el texto con la idea de facilitarle la lectura, puesto que el documento que se anexa se encontraba en un estado lamentable. Se halló aún dispuesto en la máquina de escribir, pero manchado con residuos de sangre que no permiten la lectura fácilmente. Los indicios nos permiten concluir que al parecer el secretario sólo pudo llegar hasta allí antes de que fueran asesinados todos los que allí se encontraban.
Cordial saludo,
TERCERO VERNAZA
JUZGADO TERCERO PENAL DEL CIRCUITO DE MEDELLÍN
Audiencia de testimonio
Siendo las siete horas y quince minutos de la noche (7:15 pm), del dieciocho (18) de junio del año dos mil ocho (2008), y encontrándose el juez presente junto al testigo, el defensor de oficio, el fiscal, el representante de las víctimas, el secretario y el escribiente, se da inicio a la audiencia de indagatoria dentro de la causa 000384 – 2008.
Una vez efectuados el juramento respectivo, las preguntas de ley y la advertencia al interrogado de que tiene el derecho de no declarar en su contra o de sus familiares dentro del cuarto grado de consanguinidad y segundo de afinidad, se da inicio al interrogatorio. Pregunta el fiscal y responde el testigo.
PREGUNTADO: Sírvase decir su nombre a este despacho. RESPONDIDO: Mi nombre es William Henao Zuluaga. PREGUNTADO: ¿Dónde se encuentra usted domiciliado actualmente? RESPONDIDO: En la vereda El Higuerón del municipio de Pensilvania. En Caldas. PREGUNTADO: Sírvase explicar cuál es la relación que usted tiene con la sindicada. RESPONDIDO: “La Negra” es como mi hermana. PREGUNTADO: ¿Quiere decir usted que la sindicada Edna Murillo Guerrero es amiga suya? RESPONDIDO: Sí, es amiga. Fue mi novia, la quiero mucho, la quiero como mi hermana. Pero déjeme contar… PREGUNTADO: ¿Conoce usted a qué se dedica ella? RESPONDIDO: Doctor, por favor, yo creo que es mejor… PREGUNTADO: Por favor responda. RESPONDIDO: Claro que sí, eso lo sabemos todos los del pueblo. Sabemos lo que hacía pero hace como un mes dejó de hacerlo. Pero déjeme contarle… PREGUNTADO: ¿Qué es lo quiere contar? RESPONDIDO: Yo he querido venir a hablar porque quiero contar algo que ustedes no saben. PREGUNTADO: ¿De qué se trata? RESPONDIDO: Ella es buena mis señores. Ella es buena. Ella no tiene la culpa de todo lo que ha pasado. PREGUNTADO: ¿Cómo así? ¿Está insinuando que ella es inocente de lo que se investiga? RESPONDIDO: Créame mi doctor, ella no tiene la culpa. Ella es una buena mujer; si la viera cómo se ha portado conmigo, cómo es con su hija, cómo es cuando está un sus cabales. No pueden juzgarnos por esto. PREGUNTADO: ¿Qué quiere decir señor Henao? ¿Qué quiere decir con que “no pueden juzgarnos”? ¿Tiene usted algo que ver en todo? RESPONDIDO: Doctor, no tengo mucho tiempo. Déjeme hablar. PREGUNTADO: Responda. RESPONDIDO: Debería saber que a ella y a mí no nos separan muchas cosas. Es más, usted tampoco termina estando muy lejos de nosotros. PREGUNTANDO: Por favor señor William, procure responder de manera clara y concreta. ¿Tiene usted algo que ver en lo que ella hacía? RESPONDIDO: Pues doctor, qué le dijera yo. Qué tal si primero hablamos de lo que ella era… bueno, de lo que ella hacía. PREGUNTADO: ¿Qué era lo que ella hacía? RESPONDIDO: Ella se convirtió en un monstruo, es cierto, pero ese no es su pecado… PREGUNTADO: A la señora Murillo se le acusa de homicidios, de masacres, de rebelión, de tráfico de armas y de drogas. ¿Qué sabe usted de eso? RESPONDIDO: Es cierto. Lo de los homicidios y las masacres es cierto. Lo otro no son más que suposiciones de la policía, suposiciones sin fundamento. PREGUNTADO: Señor Henao, ¿exactamente que tiene que ver usted con Edna Murillo? REPONDIDO: Disculpe si me salto algunas cosas, es que no tengo mucho tiempo, estoy nervioso y tengo que irme muy rápido de aquí, por el bien de todos. PREGUNTADO: No se preocupe. Responda. RESPONDIDO: Doctor, yo la conocí hace muchos años, no se cuántos. Sé que nació en Puerto Boyacá y que muy pequeña dejó el Magdalena para irse a trabajar por allá por el Urabá. En las épocas de cosecha se iba para el oriente caldense a recoger café. Así nos conocimos y cada vez que nos veíamos, de cosecha en cosecha, nos fuimos enamorando; terminó viviendo conmigo. Cuidábamos una finquita de unos señores de Manizales, en Bolivia, otra vereda de Pensilvania. Ella no era así créame, era hermosa. Vivimos muy felices hasta que empezaron todas estas cosas increíbles… (Llora) Unos señores llegaron a la zona dizque para protegernos. Ella dijo que venían de por los lados de Puerto Boyacá, que los conocía, que sabía qué eran y qué clase de cosas hacían. Yo no le puse cuidado, no creí que se fueran a meter con nosotros; nosotros nada debíamos. Pero después de tanta insistencia suya decidimos irnos para El Higuerón, donde vivo ahora, para evitar pendejadas, pero cuando llegamos nos dimos cuenta de que estos señores ya habían regado el terror por toda la región. Amenazaban, imponían sus reglas. Entraron asesinando por montones. Escogían muy bien donde iban a atacar, atacaban sin saber cómo y después los pobladores encontraban los cuerpos quemados y descuartizados; a otros ni los encontraban. Desde que llegaron de vez en cuando olía a carne chamuscada, y además, entre alaridos de dolor se oían ruidos estruendosos que decían que eran los motores del infierno. Sacaban la gente para en esa tierra poder armar su imperio. PREGUNTADO: Por favor señor William, se está desviando del tema. Le pregunté sobre su relación con Edna Murillo. RESPONDIDO: Perdón. (Pausa. Toma agua que le trajo el secretario) Ella al ver todo esto dijo que teníamos que irnos, dijo que nos viniéramos para acá. Yo no quería, le propuse que nos escampáramos donde mi hermana en Manizales. No recuerdo muy bien sus motivos, pero terminó dejándome. No nos volvimos a ver, y ya sólo no quise irme para ningún lado, me quedé en El Higuerón en un cuartito que arrendé. Una que otra vez, cuando despertaban furiosos y la peste se esparcía, me iba un tiempo para Pensilvania donde una conocida, pero siempre regresaba. Estos demonios se veían por ahí dando vuelta y hasta de vez en cuando se metían a las casas para que les dieran de comer. Si usted hubiera visto sus ojos, sus manos aún con sangre entre las uñas. Decían que alguien muy malo los había llevado, el Diablo seguro. Decían que eran unos monstruos que cocinaban a sus víctimas y las comían en medio de un banquete. PREGUNTADO: Señor Henao, Nos interesa es saber qué pasó con la señora Murillo. RESPONDIDO: “La Negra” regresó… (Llora)… Regresó… Pero al principio no la vi, me lo contaron. Me dijeron que la habían visto por allá por la carretera hacia Fresno y que de su boca salía un fuego rojo con el que quemaba los carros que por allí pasaban. Después me contaron que la vieron por el Alto de los Muñecos, que cuando la iban a capturar se convertía en una criatura tan negra como la sombra de los guadales y así se volaba. En las noches de luna llena era cuando se sentía, llegaba a los otros pueblos de la zona, asesinaba los que escogía y que después se comía los ojos, desgarraba sus cabezas y se ponía a jugar fútbol con ellas. Hasta yo, en esas noches en que la luna era una arepa, llegué a oír sus rugidos por allá arriba, pero me seguía negando a que fuera cierto. PREGUNTADO: Señor, permítame recordarle en donde se encuentra. Usted está en un juzgado penal y nosotros no estamos acá para que usted nos haga partícipes de sus bromas. Nosotros hemos visto a la señora Murillo después de su entrega y créame que no he visto que tire fuego ni que se convierta en criatura alguna. Respóndanos claro y sin rodeos fantasiosos ¿Qué sabe usted de las acciones terroristas de la señora Murillo? RESPONDIDO: (Llora. Se muestra nervioso). Doctor, ¿puedo quitarme este saco? Tengo calor. (Se quita el saco, el secretario lo recibe). Señores, déjenme les cuento, no me interrumpan para poderme ir. Ella quería volver al Higuerón, era lo que más quería. Un hermano me contó que la había visto una noche en que regresaba de Pensilvania. Yo le pregunté si era verdad que era un monstruo y él me dijo que para nada, que estaba igual de bella, aunque un poco desarreglada por el trajín; me dijo que lo había saludado lo más de formal, hasta con pico y abrazo; me dijo que ella había preguntado por mí y que quería verme, le dijo que me diera la razón de ir el siguiente viernes al Alto para encontrarme con ella. Y yo fui. Ese viernes salí en la noche después de comer. La noche estaba “claritica” porque la luna estaba inmensa; subí por los caminos que van entre los cafetales de “Mortadelo” Aristizábal. Cuando llegué arriba no había nadie; aunque pensé que había llegado tarde me senté a esperar. Miré un momento las estrellas pero de pronto yo veo que con fuerza se mueven los cafetos de la ladera. Me paré para ver qué era, pero justo cuando me di cuenta que tenía que correr, vi tres hombres… No hombres no, tres criaturas inmensas, flacas pero inmensas, además con pelos en toda la cara, que se me abalanzaron encima, sólo recuerdo que tenían los ojos rojos, después perdí el conocimiento. Cuando desperté estaba en otro lado, era de día, y una niñita muy amable me alcanzó una totumita con agua. Tomé un sorbo y vi que enseguida la niña salió a dar aviso de que yo ya daba pie con bola. Llegaron varios hombres con varias mujeres, todos vestidos igual, con colores oscuros, propicios para las noches verdes de por allá. Vi que llegó ella, estaba divina mi negrita. Me abrazó y de la emoción lloramos. Me contó todo. Que había estado por los lados de Argelia, y que por allá había conocido una gente muy buena que la habían metido a ese mundo. Yo le pregunté si entonces eran ciertas todas esas cosas horribles que decían de ella, y me respondió que no hiciera caso que todo eran mentiras dizque para desprestigiarla. Le pregunté que qué era lo que me había atacado en la noche y ella me dijo que no me preocupara, que sólo eran unos amigos que se habían acostumbrado a actuar así. Después me dio un beso delicioso y me acarició la cara, me dijo que necesitaba que la ayudara, que ella quería sacar de El Higuerón esos demonios horribles y que para eso tenía que ayudarla. Yo le dije que listo, y me dio las instrucciones: durante un mes todos irían llegando a mi casa y después en la próxima noche de luna llena atacarían. Me devolví solito para la casa esa tarde. Durante un mes seguí las instrucciones, primero le conté a la dueña de la casa y accedió, y así después fueron llegando los amigos de “La Negra”, cada noche, por parejas. Cuando llegó la noche señalada, estaban todos reunidos en la sala; ella me dijo que me quedara en la casa porque seguro no estaba preparado para lo que iba a pasar; me dijo que sería una gran noche en la que nos liberaríamos de la injusticia y la desigualdad. Se despidió muy tierna, no me besó, pero muy tierna. Salieron en desbandada y afuera sólo sentí los rugidos y el choque de sus garras contra el calor de los fuegos demoníacos. Cuando ya llevaba mucho tiempo esperando, afuera seguía el escándalo, entonces decidí abrir la puerta y salir… (Llora) Vi por el camino que mi negrita, la mismita luz de mi vida (Llora)… Estaba desgarrando con sus propias manos la cabeza de don Vicente, el de la finca del frente. Ella me vio parado y yo me quedé pasmado al verla. Sólo la reconocí por el pelo y las botas, porque su cara estaba desencajada, era otra, un ojo se le había caído y el otro era rojo, muy rojo. La pregunté que qué hacía, que don Vicente era inocente, y ella me respondió que podía no ser un demonio, pero los había ayudado, había ayudado a que la peste injusta se propagara. Después me gritó con voz ronca que debía luchar al lado de ella, que debía ayudarla. Yo pensé en decirle que no era capaz, pero de pronto sentí que mi camisa se rasgaba y que mis sentidos se agudizaban. No sé como por una fuerza desconocida, maligna se apoderó de mí y salí corriendo, rugiendo, matando. La vida de mi negrita y de sus amigos, me había entrado en la sangre. (Pausa repentina, carraspea la garganta) Me tengo que ir señores, disculpen… PREGUNTADO: ¿Sabe usted señor Henao, que con lo que nos acaba de relatar, usted está confesando que fue partícipe de los asesinatos de El Higuerón? RESPONDIDO: No sé de qué me habla… Déjenme ir. Pásenme el saco. PREGUNTADO: No señor, usted no va para ningún lado. Queda usted... RESPONDIDO: (Grita) Déjenme ir, déjenme ir. Es por el bien de todos, es tarde. PREGUNTADO: No señor, usted no se va, quedará bajo custodia. RESPONDIDO: (Grita) Señores, en serio. Por el amor de Dios no me dejen acá, es tarde. PREGUNTADO: Señor Henao será usted investigado por colaborar en las acciones terroristas de la señora Murillo Guerrero. RESPONDIDO: Doctor, ella es buena, yo sé que ella llora y se arrepiente en las noches sin luna. Lo sé, porque ahora la entiendo. (Grita) Somos gente buena, como usted doctor, como usted señor juez… Es una fuerza desconocida, maligna…. (Grita) Déjenme ir, ya viene (Se para, forcejea con el secretario). PREGUNTADO: Tendrá usted que acompañar a los agentes. RESPONDIDO: (Grita) No, llegó. PREGUNTADO: ¿Qué hace señor William? RESPONDIDO: (Grita) Es tard
Al final de la segunda guerra mundial, con los juicios de Nuremberg, la memoria se constituyó en un valor esencial en toda transición hacia la paz, cuya función, a grandes rasgos, se definió para contraponerse al olvido de los hechos y para erigirse como una garantía que evite repetir lo acometido. No obstante, en Nuremberg hay algo que muchos teóricos parecen olvidar, o mejor, evitan recordar: este tribunal fue el ícono fundante de la justicia de vencedores y así le regaló a la humanidad la demostración de lo que es la memoria construida a partir de la eliminación del antagonista, algo que para los pueblos es quizás más despiadado e injusto que la guerra misma.
En el país, así como en otras latitudes del mundo que se han ahogado en su sangre, se ha comprendido al menos por algunos, que la memoria debe hacer parte de un proceso de justicia transicional más que de un triunfo, sobretodo en modelos horizontales de violencia, como el colombiano, donde son muchos actores los que han conservado la capacidad para el crimen y el daño, donde gran parte de la sociedad debe responder por sus culpas, y donde absolutamente todos deberían procurar un diálogo en el que la verdad, la justicia y la reparación sean fruto del perdón, es decir, del profundo reconocimiento de la contingencia humana, de la aceptación de los pecados propios, de la admisión de que cada parte es imagen de esta humanidad incompleta.
En Colombia, de manera oficial y relativamente seria, y pesar de la inexistencia de un posconflicto, se ha empezado a hablar de reconstruir y compilar la memoria de tantos años de violencia, pero mientras este proyecto avanza con ingentes esfuerzos no sólo de la CNRR, con su Área de Memoria Histórica, sino también de numerosos investigadores académicos y de organizaciones civiles, de forma paralela y poderosa avanza un proyecto de alcances indescriptibles.
La memoria, al igual que otras palabras que buscan nombrar el fin de una vieja guerra imposible de encuadrar (como negociación, justicia, acuerdo, verdad, reparación), ha pasado de significar una solución deseable, a ser vaciada con el paso del tiempo para convertirse en muletilla de la política doméstica que busca limpiar con discurso sus infames intenciones.
Con reivindicaciones de la memoria han comenzado revoluciones así como se han opacado, se ha mantenido el Estado judío así como un presidente negro ha sido elegido. En Colombia, por su parte, se menciona a la “memoria” para promover la eliminación total de los grandes villanos públicos, se insta a que se recuerden los fiascos del pasado para justificar la guerra presente (esto se puede comprobar en la columna que José Obdulio Gaviria publicó en EL TIEMPO el 12 de agosto del este año). ¿Pero qué es lo que esconde todo esto? ¿Cuál es la intención de que en medio del conflicto se proponga una memoria para la guerra y no una memoria de reconciliación?
Ese secreto que persiste allí, es que en Colombia hay un actor del conflicto, uno igual de sanguinario pero quizás más poderoso, uno conformado por militares, políticos y empresarios que tienen mucha responsabilidad en todo lo que en esta tierra ha ocurrido. Este grupo, cuyas armas han sido más las leyes y el capital, tiene pleno interés en acabar por completo con sus múltiples contrincantes, porque sólo así no tendrán que negociar su “verdad” y podrán edificar por fin su propia memoria de vencedores, con la que se le endilgarían todas las desgracias del conflicto a esos villanos públicos y con la que se obstaculizaría la “visión holística” de la justicia, la cual permitiría ir más allá de la responsabilidad de los señalados y pondría en evidencia la culpa de tantos otros que participaron, no sólo directamente sino también con su patrocinio, su exhortación o su silencio.
Para estos poderosos la guerra es un medio que permite anular al antagonista, es una opción para su justicia y su memoria de vencedores, es una oportunidad para la impunidad de sus faltas; por eso seguirán en combate, eliminando, reeligiendo y, sobretodo, destruyendo la Constitución que tanto obstaculiza su proyecto.
Bogotá D.C., Agosto de 2009
(Publicado en el periódico LA PATRIA, el 20 de noviembre de 2009. Manizales, Caldas)
Cuando abrí mis ojos allí estaba ella. Lo único que logré notar entre la confusión, fue la enceguecedora claridad de su mirada con la que repasaba mi letargo. Tardé algunos instantes en asirme a mis recuerdos, en encontrar las razones por las que parecía haber quedado abandonado a la voluntad de la noche. Evitando que la desconocida me tocara, intenté incorporarme; me levanté del frío del asfalto y me senté en el andén.
Sus ojos no se despegaron de mí, hasta me pareció que ni parpadeaba. Llevé mis manos hasta mi cara, con ellas restregué la niebla de mi mente y entre imágenes cruzadas y superpuestas comencé a ver el camino que me había traído hasta allí. Recordé que esa noche había llegado hasta el Chorro de Quevedo, solo, con la idea de inundar en cerveza mi desgracia; desde hacía días mi hija había desaparecido, apenas estaba terminando la universidad; mi búsqueda era impotente, para algunos era banal, inútil, hasta antipatriota; había ido allí a olvidarme de mí. Recordé que después de muchas botellas, que tomé en compañía de algunos desconocidos, había bajado en busca de cualquier transporte que pudiera llevarme a mi casa, cuando llegué al final del estrecho pasaje encontré un grupo de mujeres, jóvenes y ancianas, que bajo la luz de la luna danzaban en círculo, cantaban algo que no podía recordar. Después, todo era un recuerdo espeso, negro. ¿Me había quedado dormido por la cerveza? ¿Cuánto había permanecido allí? No podía ser mucho, pues la noche seguía erguida en lo alto aunque su soledad parecía ser ahora mayor. El carnaval del Chorro se había apagado notablemente, la plaza en donde había visto a las mujeres bailar estaba vacía. En ese momento sólo quedábamos ella, unas voces lejanas, el frío profundo y yo.
Levanté la mirada,noté que se había acercado. Su presencia no me perturbaba, por el contrario me asustaba que su apariencia no causara terror en mí; seguro antes de esa noche sólo su saludo me hubiera hecho temblar del pavor. Era delgada, hermosa, de pelo rubio y pálido, ojos grandes de un verde casi transparente y una piel tan blanca que dejaba al descubierto los rastros de algunas venas; vestía una blusa ancha y negra y un pantalón vinotinto. Se acercó más, acarició con suavidad mi brazo, pero la ternura con la que lo hizo no pudo esconder el frío de sus dedos. Me dijo que había venido a acompañarme, que no estaría solo y que debía ir con ella. No me atrajeron tanto sus palabras, pensé que estaba borracha, quizás trabada, pero me gustó la idea de no quedarme solo; a lo mejor ella me ayudaría a conseguir algo en qué irme.
Comenzamos a bajar por la calle hacia el occidente. Mientras iba caminando descubría que lo que yo tenía no era borrachera, tampoco era uno de esos guayabos que suelen adelantarse a la madrugada, era un estado de pesadez en el que, quizás por haber dormido un rato, me sentía mareado pero atento, con los sentidos más que en funcionamiento. Bajábamos por la calle, la observaba a cada paso, esperando que dijera algo, esperando una oportunidad para hablarle; en el fondo no sabía muy bien porqué seguía caminando al lado de ella, pero lo hacía. Cuando cruzamos la primera esquina, vi que un perro negro, grande, nos perseguía, resoplaba exhalaciones que el frío hacía visibles. Ella continuó unos metros más, incólume en su andar, yo continué fiel a su lado, el perro continuó detrás. La mujer se detuvo justo en la puerta de una de las casas, giró, se quedó mirándome con una sonrisa hermosa y justo cuando pensaba decirle algo, una voz salió a mis espaldas: “Laura, mi vida, te estaba esperando”, dijo.
Detrás de mí había otra mujer, blanca, menos bonita, con ojos de un negro profundo, de pelo rojo, opaco, no era tan flaca, pero una sombra oscura resaltaba bajo sus ojos; vestía de luto, un vestido que llegaba hasta un poco más arriba de sus tobillos. Abrazó a la mujer que me había acompañado y mientras besaba suavemente su mejilla, mientras la acariciaba, le dijo que la había extrañado. Laura, esa que minutos antes me había sonreído, seguro al ver mi confusión, nos presentó mientras compartían risitas entre ellas: me dijo que la recién llegada era Paz, que era de confianza y que sólo nos había estado esperando mientras yo despertaba. No me conmovió en nada la intempestiva compañía, eso era lo que me seguía asustando. El perro había desaparecido.
Paz dijo que estaba encantaba de conocerme, hizo énfasis en que no se podía explicar por qué yo había tardado tanto en unirme. No tuve muchas ganas de hallarle explicación a lo que decía, parecía desvariar igual que su compañera. Soltó la mano de Laura, acarició mi boca, uno de sus dedos gélidos se introdujo hasta tocar mi lengua y una vez lo sacó lo lamió mientras me miraba con cariño. Hubo un instante de silencio en el que, aunque no comprendía nada, sentí un regocijo infinito.
En segundos, del rostro de Paz emanó cierto coraje, con ceño serio me ordenó que, por ser nuevo, debía esperarlas allí mientras ellas finalizaban su labor, yo no hice ninguna objeción, hasta olvidé que quería irme a mi casa; seguía obedeciendo sin saber las razones. Con fuerza excepcional, las dos golpearon la puerta de la casa, yo pensé que definitivamente había perdido el juicio si creían que alguien les abriría a esas horas de la noche. Insistieron, sus golpes se hicieron más fuertes y más seguidos. Cuando miré hacia la parte alta de la fachada, me di cuenta que estábamos en la puerta de la Casa Silva, esa en la que dicen que vivió un poeta cuyos versos no conozco, uno como tantos de los que su muerte fue más famosa que su vida. Intenté decirles que allí no vivía nadie que esa casa estaba deshabitada porque desde hacía tiempo no era más que un museo de letras olvidadas; pero justo cuando tomaba aliento para ello, sentí cómo las guardas tronaban a lo largo de la vieja madera de la puerta.
Por la pequeña abertura se asomó el rostro del vigilante del lugar, les preguntó que era lo que querían, y de inmediato comenzó a gritar como si el dolor le hubiera entrado por los ojos; ellas se abalanzaron sobre la puerta, la terminaron de abrir con fuerza descomunal y en el acto derrumbaron al vigilante que quedó estampado contra el suelo. Paz lo atacó allí mismo bajo el umbral, le saltó encima como si una energía invisible hubiera explotado bajo sus pies. Sólo pude ver que lo tomó del cuello, pues su vestido largo se extendió como un telón que velaba la muerte. Igual no quise saber mucho, hasta retrocedí para evitar ver.
Cuando cesaron las patadas que contra el suelo profería el pequeño y desgraciado hombre, yo permanecí inmutable a la espera de lo acontecido. Los hermosos ojos de Laura me miraron y me brindaron tranquilidad ante tanto horror. Después de que exclamó que no debía asustarme, que pronto me acostumbraría, me dijo que aguardara tal y como Paz me había dicho. Desapareció al entrar a la casa y yo no tuve más opción que esperar.
Ya habían pasado un par de minutos y yo decidí acercarme a la puerta para intentar ver qué sucedía. El vigilante yacía en el suelo, al menos lo que quedaba de él. Estaba con las extremidades estiradas y en su cara todavía había rastros del terror, al lado de su cabeza se había formado un charco de sangre que fue lo único que en realidad me conmovió durante esa noche. Me agaché, tuve un deseo enorme de tocar su sangre y al hacerlo me inquieté de tal forma que imágenes olvidadas volvieron a mi mente: Vi a mi hija sonriéndome, vi la cara del policía que había justificado su desaparición, recordé que las mujeres que danzaban esa noche bailaban incansablemente, hasta se revolcaban juntas en suelo en una marea de brazos y piernas, yo me había paralizado al verlas, cantaban, cantaban: Yo te daré, te daré niña hermosa, te daré una cosa, una cosa que yo sólo sé, Upé. Después gritaban hacia el cielo Upé y con eso gritaban perdón, gritaban verdad, gritaban justicia, gritaban amor.
Laura me sacó de mi evocación, me agarró con fuerza y me llevó hasta la calle. Paz venía detrás de nosotros con unas hojas en la mano. Pregunté para dónde íbamos, y Paz me respondió que no preguntara, que sólo caminara rápido. Nos devolvimos, llegamos hasta la esquina por la que antes había pasado con Laura, volví a ser conciente del frío despiadado. Allí nos detuvimos, observé la noche estrellada que estaba pronta a terminar, miré hacia Monserrate, se veía lejos, triste, solo; Paz tiró de mi brazo, me exigió que le sostuviera los papeles, supe entonces que ella en la otra mano traía un trapo empapado en sangre, el cual empezó a doblar de tal forma que lo pudiera sujetar cómodamente. Me arrebató los papeles, sonrió con malicia y dejó ver unos dientes amarillentos que terminaban en puntas; al ver eso demandé alguna explicación de Laura, pero ella sólo atinó a responderme que pronto me acostumbraría.
Mientras escurría sangre del pedazo de tela que tenía en la mano, Paz comenzó a elevarse, y mantenía su sonrisa perversa. Se elevó con siniestra facilidad y de nuevo me asusté porque no me asustaba. Llegó hasta la altura del techo de la casa que allí estaba, que era de dos pisos, y comenzó a restregar el trapo de sangre contra su pared. No tardé mucho tiempo en darme cuenta que copiaba en la pintura blanca las palabras que traían los papeles que habían extraído de la Casa Silva.
Dibujaba las palabras, No más amaneceres ni costumbres, y al tiempo me iba diciendo que este país estaba bajo el imperio de una maldición, una peste que arrasaba los campos y las ciudades, no más luz, no más oficios, no más instantes. Desde arriba insistía en voz alta que esta era una sociedad que sufría una enfermedad irremediable, una que dejaba a los humanos perplejos en su condición y condenados a olvidar. Sólo tierra, tierra en los ojos, aseguraba que habíamos tenido que vivir lo que vivimos para que otros pudieran conservar su poder; entre la boca y los oídos; decía que nos habían obligado a permanecer callados, clandestinos, subversivos, tierra sobre los pechos aplastados; tierra apretada a la espalda, que nos dejaron viviendo muertos, olvidados, mudos, errando en la noche, escondiéndonos de día; a lo largo de las piernas entreabiertas, tierra; con dolor en la voz empezó a gritar que nadie estaba dispuesto a develar nuestros nombres, que todos creían que echar tierra encima acaba con todas las culpas y todos los dolores; tierra entre las manos ahí dejadas. Terminaba ya de escribir y sentenciaba en voz baja que toda esta humanidad había condenado y perseguido nuestro mensaje de amor; lo llamaban venganza, lo llamaban odio, lo llamaban desagradecimiento, pero era sólo amor, dolor convertido en amor. Tierra y olvido. Al final escribió: Zarranca Descemer Ríama.(Días después supe que era un mensaje que los que caminan por la calle no pueden ver, solo algunos lo leemos; aún está allí).
Descendió sollozando, su mirada ya no era perversa, era triste. Se abrazaron con profundo amor y juntas lloraron sin lágrimas, ya no les quedaban. Se separaron pero quedaron atadas por sus manos, me observaron con ternura y enseguida Laura me dijo que no temiera, que sólo era una noche mágica, una para abrir los ojos y hacer más fuerte la voz, una noche a partir de la cual ya nada sería igual. Me deseó suerte ahora que empezaba una nueva vida, mencionó que no debía perder la esperanza, que algún día descansaría en paz, quizás un día lejano pero tendría toda la eternidad para esperarlo, para encontrarlo. Se soltaron de las manos, Laura alzó vuelo, me miró desde lo alto y con una velocidad inefable se perdió entre la espesura de la oscuridad; Paz, caminó hacia atrás sin dejarme de mirar, dio media vuelta y empezó a correr; en menos de lo que dura un parpadeo se convirtió en un perro negro, grande, que azarosamente se perdió entre las calles, seguro persiguiendo a su compañera.
Ahora en las noches deambulo por La Candelaria, sólo pienso en mi hija, trato de no olvidar su risa, trato de no olvidar su nombre. Camino, a veces vuelo pero no me gusta tanto, me gusta confundirme con el resto, estoy convencido que no soy tan especial. Camino con mi dolor, con mi amor, con mis dientes amarillos que terminan en punta; pocas veces bebo sangre humana, no me gusta su sabor, es insípida, egoísta, vanidosa, más fría de lo que creía. Camino por La Candelaria, de vez en cuando visito a esas mujeres que bailan, que danzan en el suelo, que cantan y que gritan, ya sé que son como yo, me gusta lo que hacen, cantan la verdad y defienden la memoria. No vuelo, porque me gusta encontrarme por la calle a personas como usted, que no quieren oír mi nombre, pero que al ver mis ojos perderán la vida, perderán la muerte, o al menos no me podrán olvidar.
Cuando ese miércoles las estrellas ya comenzaban a relevar el sol, él cayó a pocos metros de la puerta de su edificio. Había girado para ver quién pronunciaba su nombre y enseguida se habían desprendido del arma las muchas detonaciones, que convertidas en silbidos, se estrellaron contra su cuerpo. Los vecinos salían y gritaban de terror, sus nietos también habían llegado hasta allí persiguiendo a la abuela que venía en su auxilio. Nunca perdió la conciencia, ni siquiera ese día cuando recibió a la muerte.
En el suelo, sujetado por su esposa, con esos ojos serenos con los que Omayra días antes también había intentado aferrarse a la vida, observó una vez más ese mundo que le dolía, no en el cuerpo sino en el alma. Viéndose así, reconoció en él mismo la verdad que tanto intentó desvelar; las heridas en su cuerpo simbolizaban esa violencia que muchas veces lo amenazó, esa corrupción que denunció, esa realidad de Caldas que se resiste a desaparecer, ese “yugo que a todos nos asfixia” del cual habló (Está bravo el senador. La Patria. 21/3/1984).
Aquel día él ya estaba herido antes de los disparos. Hacía años lo entristecía que la ciudadanía no hubiera tomado conciencia de que la corrupción en el departamento era causada por la complicidad de todos, o mejor, por la cobardía de todos. Le dolía recordar que su sociedad era muy buena para condenar la corrupción, pero igual de buena para darle la espalda, para no meterse y no hacer nada (Miscelánea. La Patria. 2/2/1975). Desde hacía días, lo hería ese imperio del miedo que había condenado a Caldas a un silencio cómplice.
Mientras su esposa impotente buscaba cómo salvarlo, él empezó a ver que el mundo caminaba con más lentitud; los segundos parecían confundirse en un mismo instante, se extendían quizás para poder despedirse, para arrepentirse antes de partir, para repasar lo vivido. No se despidió porque sospechaba que viviría en sus letras, no se arrepintió porque se fue convencido de haber dado la vida por esos otros que tanto amó; pero sí recordó: más que su vida, recordó la sociedad a la cual le regaló hasta su último aliento.
Durante años, escribió que los ilícitos había que denunciarlos antes que comentarlos con timidez en las mesas de las cantinas (Miscelánea. La Patria. 2/2/1975); expresó que la sociedad caldense se había dividido en dos bloques, “el primero de delincuentes, destapados o disfrazados; el segundo de cobardes, de temerosos, de infelices” (Miscelánea. La Patria. 19/12/1980); sostuvo que sin duda al final tendríamos que evaluar “si contribuimos a hacer una patria grande, noble, honrada, para nuestros hijos y descendientes, o si la hicimos postrada para que ellos la sufrieran” (Caldas, levántate y anda. La Patria. 8/3/1984). Su principio fue dejar en evidencia esa hegemonía política que aún goza de su posición, esa que aún saca partido injustamente de la licorera, de los contratos, de los puestos públicos; esa misma que decidió asesinarlo.
Mientras “el viejo” continuaba ahí tirado, una mirada de su nieta mayor se coló entre tanto escándalo. Él la vio desde el suelo, le sostuvo la mirada con firmeza, sin pudor, sin vergüenza, con algo de coraje, pero justo cuando ese momento mágico le erizaba a ella su existencia, una vecina se la llevó de allí con sus hermanos a punta de mentiras. Hoy, esa última mirada de su abuelo la visita a ella en sueños: “mira que me están matando”, significa. Le insinúa que no se deje cegar como se ciegan a los niños en la presencia del dolor y de la muerte. Le dice que no deje de mirar, que no olvide, pero sobretodo que no tema.
Ese 20 de noviembre de 1985, murió en el hospital después de haber arribado en un taxi que él mismo ordenó pagar con su plata. No le pidió perdón a su familia por no haberles obedecido en guardar silencio, en dejar de escribir y proteger su vida; no les pidió perdón porque les había enseñado algo sublime: la opción por la verdad.
Cuentan que en la colonización de estas tierras, un tigrillo atacó a uno de los colonos obligándolo a subirse a un árbol para salvar su vida; algún Arango que allí estaba, sentenció que "el que tiene miedo se encarama". Manizales desde entonces ha vivido encaramado en sus montañas, con miedo, temiéndole a la verdad; pero Hernando Henao Vélez renunció a eso, sabía que “la conciencia es el supremo juez y allá en la intimidad no la engañamos” (Caldas, levántate y anda. La Patria. 8/3/1984).
Bogotá D.C. Octubre de 2009
(Publicado en el periódico LA PATRIA de Manizales, el 16 de octubre de 2009)
Apago el televisor antes verlo caer de nuevo. Como siento que el único honor que le puedo brindar es releer las notas de la única entrevista que le hice, abro el cajón donde están y las busco. Recuerdo que en aquellos días, cursando mi segundo año de derecho, me habían pedido que lo entrevistara porque él ya parecía dar enormes pasos siendo apenas un estudiante como yo. Mis preguntas de principiante encontraron respuestas que andaban entre la profunda inteligencia y la tímida arrogancia.
Ese día empecé por preguntarle si creía que valía la pena hacer crítica dentro de una universidad como la nuestra. Él me respondió que un universitario jamás debía dejar de lado la crítica, pero que ésta, si se hacía sin una sincera intención constructiva no conducía a nada, sólo a un nihilismo disolvente y obstinado que únicamente lograba aumentar la confusión y la desesperanza. Después le pregunté su opinión acerca de todos esos jóvenes que de afán se metían de pies y cabeza en esa espeluznante carrera partidista. Él sostuvo que los jóvenes estábamos en periodo de preparación, que aún no habíamos llegado al de la acción; los jóvenes según él, debíamos ser más espectadores que actores porque era prudente esperar y consolidar primero un criterio inteligente, denso y sobretodo independiente; para él, sólo a partir de allí podíamos entrar a analizar y a afrontar esa responsabilidad tremenda de reconstruir el país que se hallaba, según dijo, anárquico en lo moral, colonial en lo económico, demagógico en lo político e injusto en lo social.
Recuerdo que hasta ese momento había encontrado sus respuestas bastante decepcionantes, no veía en ellas nada nuevo, eran el libreto típico de un ‘presidentico’ de esos que rondan las universidades y conforman las juventudes de tantos partidos. Pero faltaba (toda una vida). Le pregunté si creía, como Gaitán, que todo era un problema de oligarquías. Él dijo que en Colombia las oligarquías habían defendido sus intereses amparándose en las teorías más convenientes para los privilegios que querían tener; mencionó que la democracia era antónima a la consolidación de las oligarquías, y que cuando éstas se habían dado cuenta de lo peligroso que era oponerse de manera abierta a la democracia, habían preferido veladamente tergiversarla y presumir de intérpretes de la misma. Dijo que las oligarquías habían seducido al pueblo con la libertad, pero reservándose el derecho a interpretarla como quisieran.
También le pregunté su opinión acerca de los partidos políticos. Él adujo que tanto el liberalismo como el conservatismo sólo habían sido simples instrumentos de una minoría para encauzar, según su conveniencia, las aspiraciones populares; aseguró que eran repetidas las circunstancias de la historia de Colombia en las que la minoría dominante había empleado ideas altruistas para amparar en ellas sus privilegios. Por otra parte, cuando indagué por qué consideraba importante la educación, él dijo que mientras subsistiera la ignorancia no habría manera de combatir con eficacia la economía absorbente y exclusivista.
Paradójicamente ese día le pregunté sobre la responsabilidad que tenía la dirigencia política en la violencia, esa que más tarde nos lo quitaría. Me hizo caer en cuenta que los que habían desatado la violencia desde el gobierno y el parlamento utilizando la prensa gobiernista y de oposición, tanto liberales como conservadores, eran los mismos que la habían aprovechado económicamente, los mismos que no habían respetado las miles de tumbas que habían sido abiertas por su culpa intelectual. Dijo que fueron esos maquiavélicos de la política los que apasionaron al pueblo por objetivos estúpidos como la hegemonía.
Así, con las notas de la entrevista en mis manos, siento que tengo el dolor atrancado en la garganta desde ese 18 de agosto. Me impresiona la pertinencia que siguen conservando sus palabras. Me invade la rabia al recordar los tantos que usan su nombre para legitimar hasta los más perversos intereses; también los tantos que insisten en desconocer sus hazañas. La tristeza es infinita cuando veo una facultad de derecho que parece sólo recordarlo para alimentar su vanidad y ni siquiera para reaccionar a su legado; ni siquiera para seguir su ejemplo de crítica permanente hacia la política que vivimos. Me agobia la desesperanza cuando veo unos javerianos que no están dispuestos a dar la vida por las ideas propias, pero sí a venderse por las ajenas.
Al final, y antes de guardar las hojas de nuevo, sólo veo la fecha y el nombre: “Bogotá, 4 de abril de 1963. Entrevista a Luis Carlos Galán Sarmiento. Estudiante de derecho. Pontificia Universidad Javeriana”
Manizales, Caldas. Septiembre de 2009
(Publicado en el periódico FORO JAVERIANO. Trimestre III. Pontificia Universidad Javeriana. Facultad de Ciencias Jurídicas. Bogotá DC)
El desplazamiento en Colombia es un secreto común, público: es algo que todos saben pero nadie nombra. Es un tema que aparece sólo cuando se abre el debate, cuando las cifras estatales son comparadas con las de alguna ONG. Es un fenómeno cuyos datos parecen sucumbir ante la poca certeza, pero cuya relevancia, aunque se quiera esconder, se conoce: es uno de las peores dificultades sociales que aquejan a nuestro país. ¿Quién no ha sido abordado en la calle, o en los buses por personas que alegan su condición y claman atención? ¿Por qué el desplazamiento no parece solucionarse?
Hay que empezar diciendo que para el ordenamiento ni siquiera todo desplazado es víctima, razón por la cual no se les incluye en un programa de reparación sino de “apoyo integral”, o de “ayuda humanitaria”. Pero ¿qué se está haciendo para solucionar el problema? ¿En qué consiste el “apoyo integral”, la “ayuda humanitaria”? ¿Por qué no se habla de darles “apoyos” y “ayudas” y no de repararlos? ¿Cuáles son los intereses políticos que subyacen a la estrategia?
El apoyo gubernamental a la población desplazada es brindado por Acción Social, entidad de la Presidencia de la República. Mediante diferentes programas como el de “Asistencia de Emergencia” se busca “recuperar la subsistencia” de estas personas otorgándoles productos para su alimentación, aseo personal, subsidios para arrendamiento e inclusión en el censo del Sisbén. Sin embargo, y a pesar de los esfuerzos, con programas como éste no se está solucionando el problema. ¿Qué hará un desplazado cuando el gobierno ya no pueda subsidiarlo? Cualquiera diría: “trabajar”… sí, pero ¿en dónde? ¿Para qué están capacitados? ¿Qué tierra deben cultivar?
Por otra parte, si se sitúa a los desplazados dentro del anacrónico proceso de justicia transicional que se vive en Colombia, podría decirse que el ordenamiento ha previsto dos vías para ellos: I) la reparación judicial a través de la jurisdicción de Justicia y Paz, y II) la reparación administrativa prevista en el decreto 1290 de 2008. En lo que atañe a la primera, comienza ya a reconocerse la precariedad de las garantías con las que cuentan las víctimas dentro de los procesos de desmovilizados, y es más si se tiene en cuenta que a la fecha no existe ninguna sentencia que decrete reparación a las víctimas. Un desplazado difícilmente podrá verse reparado dentro de Justicia y Paz, y no es sólo por la parsimonia de su desarrollo y sus resultados, sino porque cuando llegue el momento de repararse se encontrará que casi todas las tierras que han logrado ser acumuladas por los paramilitares dentro de la sistematicidad de su práctica criminal, están en manos de testaferros o manos ajenas que difícilmente entrarán dentro del proceso de reparación.
A los desplazados, a diferencia de las demás víctimas del conflicto, más que repararlos con indemnizaciones económicas es necesario devolverles sus tierras, pues en últimas han sido sus propiedades lo que el conflicto les ha arrebatado. No obstante, ni siquiera dentro del sistema de reparación administrativa existe la posibilidad de la restitución, hecho que sin duda demuestra la falta de interés del Gobierno por procurar una real reparación de los desplazados. El decreto 1290 de 2008 apenas prevé una “ayuda humanitaria” para los desplazados y todo lo que corresponde a la restitución lo saca de su propio ámbito. Los cierto es que tanta resistencia a la restitución no es gratuita. Lo que demuestra es que la lucha por la tierra en el conflicto colombiano tiene un papel fundamental, en la cual se sabe que se expulsa al campesino de la tierra para emprender ahí proyectos de mayor productividad.
El Gobierno se opone con todos sus medios a la restitución de las tierras, y esto lo que demuestra es que existe una política abierta para que esta situación no se solucione. Es evidente que la restitución de tierras llevaría a encontrar una verdad que el Estado está empeñado en ocultar, pues muchos de los victimarios no han sido sólo protegidos y consentidos por el Gobierno, sino que han sido personas que hoy hacen parte del mismo. El Estado ha justificado la política de maximización de la tierra, y con ello el fenómeno del desplazamiento, con el establecimiento de una propuesta de productividad que él mismo ha determinado sin concertación alguna y con una muestra enorme de su poder hegemónico, y no siendo suficiente, ahora pretende obstaculizar todo tipo de restitución a los desplazados para conservar este proyecto. La restitución demostraría que la maximización productiva no es la única forma de aproximarse a la tierra, y además, pondría en evidencia que esta apuesta hegemónica de la productividad de la tierra se ha hecho a sangre y fuego.
Bogotá DC & Manizales. Septiembre de 2009.
(Publicado en el periódico FORO JAVERIANO. Trimestre III. Pontificia Universidad Javeriana. Facultad de Ciencias Jurídicas. Bogotá DC)
Cuando aquel viejo sobreviviente encuentra por fin un lugar para sentarse, las nocturnas exhalaciones del no tan lejano Pacífico agitan ya los árboles de la plaza. Belén de Umbría se prepara para su infaltable jolgorio de la noche y él está seguro que el billar El Chuy será la mejor tribuna, puesto que allí ha conseguido una de las mesas que se disponen a la vera de la calle, justo el lugar donde se disfruta de la fiesta permanente de la plaza sin perder la cadencia de los tangos.
Esa noche, acompañado sólo por una botella de aguardiente y por una de esas copas que disimulan un trago sencillo bajo la apariencia de uno doble, reconoce que desde años atrás ya ha comenzado a esperar la muerte tal y como su abuelo y su padre lo hicieron: sentado en algún lugar de la plaza, con su memoria arrogante, con sus amores envejecidos en los labios, con el desasosiego propio del campesino a quien los años jamás le permitirán volver a recoger una cosecha de café. Pero en su espera hay algo distinto, en su espera el silencio no es ese rito que antecede las palabras sabias de los viejos, es más bien una condena impotente que el miedo ha vuelto una costumbre.
Mirando allí los destellos furtivos del cielo chocoano, recuerda que a comienzos de aquel 58 algunos matones llegaron de Quinchía, un pueblo según él mucho más “llevao” y fuera de eso liberal; recuerda que mataron siete, todos conservadores; que entre los muertos había niños, a lo mejor para no tener que volver por ellos cuando ya votaran; que a cada uno lo buscaron en su casa, que los decapitaron; que los cuerpos y las cabezas las sacaron a lomo de mula de la vereda, Valdelomar, y las bajaron en volqueta hasta la plaza del pueblo; que los que habían muerto eran humildes y dedicados al café; que días después encontraron al “Mocho” Duque, lo habían enterrado vivo como una semana antes de la matanza de los siete.
Al reflexionar sobre las causas, en principio imagina que sólo era para disminuir los votos conservadores justo cuando parecía culminar la junta militar, pero en el fondo duda de la incidencia que pudieron tener otros sucesos, como que en su pueblo un sacerdote no hubiera permitido enterrar liberales, o que otro no recibiera en el templo una imagen de Santa Bárbara sólo porque iba a ser donada por ellos; también duda de la influencia que pudo tener el hecho de que los liberales mataran conservadores a machetazos, incluso en el atrio de la iglesia, o de que el concejo administrativo de su pueblo, un año antes, hubiera apoyado de manera unánime la reelección del presidente Rojas. Igual lo pone a pensar lo que afirma un viejo liberal del pueblo que dice que todo fue consecuencia de un siniestro convenio nacional que pretendía diezmar al pueblo colombiano para salvarlo del comunismo.
Recordar palabras como “proceso de paz” o “reparación”, hace que en su rostro se dibuje una sonrisa extraña. Ríe con dolor porque parece que a sus muertos ya no hay como repararlos, sólo debe permitírseles descansar. De esa idea que propone dejar a las víctimas en la situación que estaban hasta antes del crimen, piensa que es estúpida porque se devuelven las víctimas a la realidad que precisamente desencadena la violencia, y cree que es insuficiente porque, como en el caso de Valdelomar, lo necesario sería regresarle la vida misma a quienes, como él, vivieron la suya cargando con sus muertos.
Ahora que espera la muerte allí sentado, esos fantasmas le susurran al oído sabiendo que él quizás quiere escucharlos antes de unírseles; si los oyera le contarían que aún siendo la región la que ha puesto la sangre, el establecimiento los ha ignorado, contando con el Derecho como el mejor ejercicio para olvidar, pues hay más verdad en las letras de Bernardo Arias Trujillo y de Albalucía Ángel que en cualquier sentencia judicial.
Ahora que espera la muerte le ruega a la Santísima Virgen para que se reconozcan esos muertos y así al menos puedan descansar en las manos de Dios, pero mientras le ruega, lo que hace es pedirle a este país de miserias que deje de ver la verdad como la aventura de héroes tontos que sólo buscan ser asesinados, y que mejor se convenza de que la verdad es un compromiso ético con esta deuda histórica que pervive: la memoria.
Bogotá DC. Agosto de 2009.
(Publicado en el periódico LA PATRIA de Manizales, el 12 de septiembre de 2009)